costumbre mal aprendida
que siempre termina mal,
cuando estoy cansado
de rechinar los dientes,
de ocultar la cólera,
y demostrar tranquilidad
mientras atravieso
mares tempestuosos
tras mis pensamientos.
Nunca supe decirlo en el momento justo
pues siempre aprendí a callar
y a evitar el conflicto,
por el temor a que se derrumbe
la pasiva estabilidad,
por temor a disparar,
y a salpicar esquirlas
a seres queridos y no tan queridos.
El silencio me sepulta,
y mi margen es la añoranza de que pase y pase,
hasta que
no recuerde
porque estaba molesto.
Sin embargo queda,
y para bien o para mal,
hoy lo voy a soltar,
aunque tenga que herirte sin compasión,
aunque tenga que herirme sin razón.
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