Cuando estoy en la casa no me puedo levantar
fumar en mi ventana es transportarme temporal
aunque corpóreo y material
sigo en el mismo lugar.
Casi mueren dos amigos ahogados un viernes
de empaparnos hasta el cuello de cerveza,
el poco sentido común que se tambaleaba
en mi última neurona sobria
logró hacer sinapsis,
me lancé, pensándolo y no
a buscarlos, y los saqué del agua.
Luego seguimos bebiendo, riéndonos e intoxicándonos.
Hoy siento de nuevo este vacío,
necesito apagarlo momentáneamente,
no, mejor dicho,
olvidar que existe
pues amenaza con devorarme,
la lucidez ya no es parte de mi cotidiano,
un trago, dos o tres,
amigos que solo me buscan para perdernos en la embriaguez
del auto-olvidarse, son mi compañía.
Regresar a mi cama dos días en agónico transe
hasta querer desaparecer sin poder levantarse
salir un viernes
y así, de manera casi exacta repetir el ciclo
cada semana para no sentirme
cada semana para no pensarme.
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